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“LA NOVELA CORTA DE RICARDO GARIBAY”

Introducción

Pocos escritores se pueden llamar radicales en nuestro país. Aquellos que han escrito nuestra historia y nuestra literatura han también probado las mieles del poder. Y no es que por ello pierdan su valor, pero Ricardo Garibay (Tulancingo, Hidalgo, 1923), fue un valiente radical de las letras.

Como lo ha dicho Henrique González Casanova, “Su prosa recia, clara, hermosa, es uno de los mejores lenguajes literarios que ha producido la narrativa de la lengua española”, y no basta con la belleza de su prosa, conforma una extensa y profunda bibliografía de más de cuarenta y cinco obras que se instalan, sin querer o quizá por accidente, en gran variedad de géneros como: la novela, el cuento, el ensayo, el guión dramático, el guión cinematográfico, y por supuesto, en el trabajo periodístico.

Para algunos escritores, el nombre de Ricardo Garibay parece prescindible en una selecta lista de influyentes literatos mexicanos, pero para otros, Garibay es un escritor esencial para entender la auténtica realidad mexicana, que no está representada por aquella imagen donde hombres les cantan a sus mujeres con guitarra en mano montados en un caballo blanco, sino aquella otra imagen de un México de burdeles, de pueblos malditos, de salvajes infancias y de amores que matan. Sin duda, para muchos, una realidad mucho más verosímil.

La gloria llego quizá muy tarde para el escritor hidalguense quien dos años después de su muerte fue reconocido en 2001 con diez tomos de lujo que recopilaban gran parte de su obra más sobresaliente en cuento, novela, crónica y ensayo, llamada: Obras Reunidas.

Invariablemente Garibay

La literatura de Garibay es del pueblo, pero no precisamente para todo el pueblo. La cuasi imposibilidad de clasificar la obra de éste, es directamente proporcional a la clasificación que se puede efectuar de su “pueblo” lector, sus líneas corpóreas desdibujadas podrían resultar irónicas al compararse con la fidelidad y lealtad que poseen los asiduos de Garibay, de modo tal que es la realidad de él la que podría asemejarse, aunque sea de a poco, a la de todos los que nos hemos sentido humanos con tintes animales.

Dado lo anterior, “Taíb”, la más inclasificable de sus obras, podría ser una lectura jocosa si se carece de imaginación, pero en cambio, “Triste Domingo”, es el ejemplo de la universalidad y versatilidad de sus letras. Así pues, en la presente investigación, analizaremos sólo en parte la obra del escritor fallecido en 1999, haciendo énfasis en tópicos que resultaron fundamentales en su obra literaria, como el amor, la mujer, la muerte, la niñez y el Estado, exaltando la importancia que sus libros han representado para sus lectores y exponiendo la belleza en sus letras con la finalidad de reencontrarnos con la complejidad de cada uno de sus personajes.

Mentiríamos si dijéramos que Garibay es uno de los autores más leídos por el público mexicano. Al escuchar su nombre a algunos se les vienen a la mente las charlas en su programa Edoctum: Calidoscopio (Imevisión, 1986), en el que durante media hora se podía disfrutar tanto de un monólogo como de una conversación con invitados de la talla de Ernesto de la Peña. En cambio a otros, poco o nada les suena este nombre, opacado, quizás, por autores mexicanos más “aclamados” por la crítica y los medios de comunicación, como Octavio Paz (personaje, al parecer, de no mucho agrado para él por su estrecha relación con el gobierno), Elena Poniatowska, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, entre otros tantos de renombre.

Diversos mitos se han creado alrededor de él, que si era arrogante, que si parecía un tipo rudo, que no tenía amigos, que no le gustaba ni siquiera lo que él mismo escribía, y muchas cosas más, lo que no es un mito, es que Garibay fue un escritor de otra estirpe, un tipo genuino y de palabras novedosamente soberbias. Fue amigo de René Avilés Fabila, José María Fernández Unsaín y Rubén Bonifaz Nuño. El primero lo entrevistó en 1969 y de aquella plática surgió una extraña amistad.

Ricardo Garibay nació en Tulancingo, Hidalgo, el 18 de enero de 1923. Ávido de lectura desde pequeño, cuenta que leía un libro al día, y comenzó a escribir desde la pubertad. Su talento irrefutable lo hizo sobresalir desde muy joven como un prodigio, pero no como estudiante; poco agradable para sus maestros, quienes batallaron con su enorme ego y su altiva seguridad. Terminó la carrera de Derecho en la UNAM, donde impartió la clase de literatura, no por sus credenciales, sino por sus conocimientos. Fue becario a partir de 1955 en el Centro Mexicano de Escritores tras haber obtenido excelentes críticas por su primera obra publicada: La nueva amante (Costa-Amic, 1949).

Fue cofundador de la revista proceso y colaborador en el periódico Excelsior hasta el despido de Julio Sherer García, con quien llevó una estrecha amistad. También fue Jefe de prensa en la SEP e impartió un Taller de cuento en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

La figura paterna

No es ningún secreto en su obra la abrumadora presencia de su padre durante su niñez y adolescencia. De su madre poco ha hablado, y es que al parecer la amaba tanto, que la ha dejado descansar en paz. Aunque ha hecho énfasis en ella cuando lo han entrevistado, revelando que vivía en una “religión asfixiante”. Tanto en sus memorias Fiera Infancia y otros años, y en su novela Beber un Cáliz, Garibay explota la figura paterna como el eterno centro de los males pasados y venideros, y también, como aquél incansable ejemplo de la firmeza, la dureza de un padre a quien ama con tanta fuerza que siente pena de sí mismo.

Beber un Cáliz, es quizá, la obra más aclamada de Garibay, su prosa sincera e invariablemente hermosa cautivó a los críticos en el año de 1965, cuando obtuvo el premio Mazatlán de Literatura. En esta novela, un tanto inclasificable, se da testimonio sobre los últimos días de vida del padre del autor; un libro basado en hechos reales en su totalidad, pero narrado con tal exactitud, que se puede sentir la angustia de ver desmoronándose una antigua montaña infranqueable, hasta el día de la muerte. La culpa va asomándose en el transcurso de los relatos. Aquí un extracto del libro:

“Quería oír secretos, saber qué pasa por la memoria y la imaginación de los agonizantes, me urgía recibir confidencias misteriosas, descubrir francamente los venenos de la tristeza,  la tristeza de mi padre. Un escritorzuelo dentro de mí no me ha olvidado ni un instante este tiempo. Me sentí ladrón. Me comía el remordimiento anticipado y la impaciencia: tal vez no me había oído, alguien podría entrar, no debía escapárseme la oportunidad, seguramente detrás de mi actitud había buenos propósitos, no todo tenía que ser falaz en mí, pero aunque así fuera, sus respuestas serías útiles, yo las escribiría, y ¿quién se atrevería a asegurar que más tarde, al recordar, al escribir, mi dolor no sería más verdadero? La pregunta era tonta, me avergonzaba, lo lastimaba, pero había que hacerlo otra vez. E insistí aún, ¿gozando?, odiándome:

—       ¿Sufres?

Él me veía con inmensos ojos anegados, lagañosos, y dijo: “Sí””

La muerte

El primer trato hacia la muerte en sus libros fue también en Beber un Cáliz. La luz de la vida se va apagando poco a poco, algunas veces avisa y otras no, y en esta ocasión, la muerte ya había avisado de su llegada, pero no por ello, la resignación la acompañaba. El desesperante proceso de extinción es lo que llevó a Ricardo Garibay a escribir día a día, en una especie de diario, el dolor de la pérdida.

Pero no sólo fue en este libro. Garibay escribe, hasta 1991, Triste Domingo, la obra que al parecer, es el corolario de su literatura, no es su punto más alto, pero sí el más firme y sincero. En esta historia, Alejandra, una mujer moderna, bella e independiente, se topa con dos visiones distintas del amor: una, que le hace sentir la más segura, la más afortunada, la mujer más cara; la otra es esa cara del amor que no se puede rechazar, una que llega de golpe y a golpes se cuela, que gusta, que enamora día con día. Así, Salazar, un banquero de 60 años y Fabián, un joven poeta de 25 años, tienen la más leal de las batallas para hacerse de cada célula en el interior de Alejandra, quien al no poderse decidir termina por tomar el camino prohibido, ese que en su momento, fue el camino más corto, el más fácil, y en el que ninguno de sus dos amores (si es que se les puede llamar así) saldría perdiendo, el camino de la muerte.

Aquella escena quedará plasmada por años en la mente del lector. Los dientes fríos y blancos como perlas, las manos más blancas que nunca y en el buró, el frasco de “Valium” vacío, y el rostro inexpresivo de Salazar al lecho de la muerte de Alejandra, quien no tuvo otra opción, que reclamarse a sí misma.

La mujer

Si bien Alejandra es la protagonista de esta corta pero conmovedora historia, los personajes protagónicos de Garibay, con una fuerza y psicología bien definidas, suelen ser más hombres que mujeres. Pero sin duda, son las mujeres las que le dan sentido a los relatos de sus novelas.

Esperia, inolvidable mujer maldita por el desdén, es la razón por la que Eleazar regresa al pueblo. Una mujer que nunca pudo superar su pérdida, y vivió con la maldición de haber sido dejada “vestida y alborotada”. Una mujer que es el presente de Eleazar en La casa que arde de noche es “La Alazana”, la nueva dueña del burdel, quién no pudo dejar de caer enamorada de Eleazar, el más bravo, bello, fuerte y misterioso de los hombres de la frontera, hombre que afecta las vidas de estas mujeres y del pueblo en su totalidad. Pero Sara es quién lleva al protagonista a dejar atrás estos dos tiempos inciertos, para sumergirlo en una nueva incertidumbre, más amable y amorosa pero igual de incierta.

Una constante en los finales de Garibay es el cortar de tajo, el dejar atrás de una vez por todas, sin importar si se hace o no más daño.

Maira, de “Verde Maira”, es el rostro más sensual de las mujeres de Garibay. Una joven hermosa y oportunista que se le mete por los ojos a Gerardo, un editor al que se le han acabado los chistes y los cuentos, para volverse un mentiroso empedernido, dueño de las situaciones hasta toparse con el vacío. Maira, a pesar de su juventud lo llevará a sentirse atado de manos y a merced de sus decisiones, volviéndolo cómplice y esclavo de sus encantos, pero también de sus desencantos.

La niñez

La infancia de Garibay fue tormentosa, como la de cualquier niño, solo que un niño con mucha memoria. Tanto en sus memorias Fiera infancia y otros años, como en su compendio de relatos infantiles Vamos a la huerta del toro Toronjil, lo que en esencia se narra, es la forma tan ridícula en que los niños deben acoplarse a las estructuras sociales, inherentes a su cultura y su tradición, que sus familias intentan explicarles como si se tratar de un juego. Los cánticos, los rezos, los juegos, las normas, la escuela, es reflejo de todo lo que hay en una cultura, que se vuelve la totalidad del mundo de estos seres maravillantes y maravillosos como son los niños en el universo de Ricardo Garibay.

Como hemos dicho antes, Ricardo Garibay fue un radical, no mostraba empacho en hacer crítica hacia la gente del gobierno, pero tampoco hacia los sectores menos lúcidos de la sociedad, y en este podrían aparecer las familias. Integrante de una familia católica abnegada y de bajos recursos económicos, el ojo de Garibay se centra en estos aspectos de su pasado cuando intenta hablar de la niñez.

El Estado

Como la mayoría de los artistas y escritores mexicanos, Ricardo Garibay es también, una maraña de contradicciones. Sabíamos de su recalcitrante desprecio por el Estado, y sobre todo, por el cliché del intelectual vendido a servidumbre de un gobierno que lo persigue. Por eso se dice que tuvo pocos amigos en la política, al igual que en los círculos intelectuales. En los años setenta reconoció haber llevado una estrecha relación con Luis Echeverría, con quien también confesó que dejaron de serlo al poco tiempo. “Echeverría se enojó conmigo y me mando a morirme de hambre. Y lo consiguió”. Después de aquella desventura con el entonces presidente de México, Ricardo Garibay fue cada vez más olvidado por las instituciones gubernamentales relacionadas con el mundo de la cultura y las letras, lo que derivó en un odio bien fundado hacia cualquier acercamiento por incluirlo como un intelectual de peso en la sociedad mexicana. Ricardo Garibay rechazó ser admitido por la Academia Mexicana de la Lengua a finales de los años setenta.

Aquí parte de su pensamiento acerca de la relación entre el político y el intelectual, en un ensayo llamado Transmisión de poderes:

“Sobre Literatura, Política

Cabe definir al intelectual como el hombre que racionalmente y sistemáticamente pone en tela de juicio el mundo alrededor. Frente al Poder, el intelectual tiene un único papel natural: poner en entredicho las acciones del Estado, echar por delante la crítica, hacer ver el error o el desvío antes que los aciertos y aun de propósito pasar por alto los aciertos y alejarse de toda forma de aplauso. Ésta es la crítica dentro de un sistema democrático, y es también la autocrítica, vista la trascendencia que tiene forzosamente el juicio de los ciudadanos que entregan la vida “más a saber que a vivir”.

Conclusión

Si bien, el trabajo literario de Garibay ha sido ya reconocido con premios “oficiales”, el verdadero reconocimiento para el escritor hidalguense llegará el día, en el que sus obras puedan verse exhibidas en el aparador de librerías de renombre, y no solamente, en librerías de viejo, donde se encuentran ediciones paupérrimas y en mal estado de las contadas obras que aún se conservan con vida. Habrá que devolverle un poco de lo que él dio de sí mismo para la literatura mexicana y que jamás se dignó a reclamar.

Que mejor homenaje que leerlo, estudiarlo, analizarlo, criticarlo y comprenderlo de igual manera como él se dedicó a hacerlo de todos y cada uno de nosotros.

Bibliografía

-Garibay, Ricardo. “La nueva amante”. Océano. México. 1949. (Relatos)

-Garibay, Ricardo. “Mazamitla”. Océano. México. México, 1954. (Novela)

-Garibay, Ricardo. “Beber un cáliz”. Mortiz. México. México, 1965. (Novela)

-Garibay, Ricardo. “La casa que arde de noche”. Mortiz. México, 1975. (Novela)

-Garibay, Ricardo. “Verde Mayra”. Mortiz. México, 1977. (Novela)

-Garibay, Ricardo. “Las Glorias del gran Púas”. Excelsior. México, 1978. (Crónica-reportaje)

-Garibay, Ricardo. “Fiera infancia y otros años”. Océano. México, 1982. (Memorias)

-Garibay, Ricardo. “Taíb”. Mortiz. México, 1985. (Novela)

-Garibay, Ricardo. “Triste Domingo”. Mortiz. México, 1991. (Novela)

-Escamilla Frías, Luis Enrique. “Historia del coraje, hacia la biografía de Ricardo Garibay”. Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.  México, 2009.

-Aceves, Rocío y Arce, Socorro. “La conquista de la palabra, entrevista con Ricardo Garibay”. Universidad de Colima. México. 1999.

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2 comments on ““LA NOVELA CORTA DE RICARDO GARIBAY”

  1. […] Una crítica sobre las novelas cortas de Ricardo Garibay en el blog Malclonado […]

  2. Sinceramente he leído solamente 2 obras de él; “La casa que arde de noche” y “Beber un cáliz” y ambas me han gustado demasiado.
    Hay algo en Garibay que te invita a no pausar tu lectura, a querer saber pronto de que se trata, qué es lo que siente, lo que piensa, lo que sucede.
    La primera antología que compraré, será la de Ricardo Garibay. Sin más ni más.

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